1977
Era...
al sur de septiembre donde la vida mejor se dejaba vivir
con el corazón al sol, aguardando el regreso de los hermanos.
Íbamos perfilando el boceto frente a una tapa y tres cervezas
mientras nuestra insensata franqueza forjaba lazos entre estaciones;
de hojas secas casi todos, otros tan fuertes como impredecibles.
Y uno, uno inmortal por la juventud partida.
Seguimos creciendo, a la sombra de la flor del pino
en el hueco de las manos que se nos hizo entre montañas.
Los meses se alargaban como días maduros
mientras la misma vida cobraba su rutinario sentido y crecía
al margen de marcas en el calendario.
Entonces, cualquier lugar era bueno
con todo a cuestas, para colgar el sombrero.
Era viajar por conocer y desafiar para ganar...
o perdernos.
Hoy
solo creemos en nosotros
cuando el mundo se oscurece,
y allí donde vaguemos,
llevamos viento en los bolsillos
con aromas de nuestra fragua.
Así desde el eterno puente
llega también el olor del almendro
para que los hijos siempre encuentren
limpio y libre el camino a casa.
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