
¿Qué animó el somnoliento polvo?
¿Qué derribó los muros de la nada e insufló aliento al inerme hastío?
¿Cómo surgió de la pereza el canto... ?
Si no estabas allí, has de creerme.
Nació para doblegar lo inmutable;
de su propia voluntad.
Primera caída.
Extirpó la conciencia al ancestral morador
y esperó se alzara la bruma en el frío limbo de los recién exhumados.
Caminó, a la zaga del juego, en pos de su destino, tan niño,
que los lagartos con piel de alondra sucumbieron a su algarabía.
Entonces era carne
hielo apelmazado, obsidiana en los ojos.
Furia inmediata con el pecho descubierto mostrando las entrañas.
Sin rastro de maldad, sin sombra de cordura.
Creyó en cuanto veía, creyó en sus semejantes,
sufrió la envidia de los no elegidos.
Se entregó alegre, cálido y confiado...
Devoraron partes de él que ni siquiera conocía.
No hubo preludio, solo éxodo de lamentos
y una madrugada de intuición.
Mientras los devotos de la ingratitud enaltecían la caída;
el pensador latente emancipó de sí la culpa.
Nadie conoce a nadie
aun así, han de ser perdonados.
De repente,
su inminente fracaso, gravemente interrumpido
tubo como víctima lo lógico, lo necesario.
Perdido el vagabundo
rota la inocencia, aún anhelando la vieja piel,
se encontró mirando al opaco espejo del que surgen todas las cosas
y en su reflejo... no se reconoció.
Y aunque la duda templa cada vez un yugo
las pupilas del pájaro que son eternas prevalecen
al acecho de la siguiente destrucción.
Y del viejo enemigo, todo dolor rehuido
ahora, confrontaba sus matices.
Se dijo:
-Todas las batallas que sostienes contra el mundo
se libran en tu interior; alrededor, nada puede dañarte.
Y si siempre hay la misma distancia entre tu corazón y las manos
que entre mi mente y el alma, solo queda elegir.
Entrenó esta última;
sutil, elástica, maleable y no punible.
Entonces coincidieron
la materia en el espacio y la esencia con el tiempo.
Se forjó un espíritu de fuego, indomable, ingobernable,
con alas infinitas
para surcar la radiante luz.
No sentía miedo,
comprendió el futuro;
sintió la eterna compasión
y al fin, se amó a sí mismo
pues
todo lo que nace ha de ser amado.
Etiquetas: El Espíritu del Fénix.
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